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domingo, 17 de julio de 2011

REGRESO AL PUEBLO II


Ahí estábamos los cinco esperando, muertos de hambre y calor. La vieja puerta marrón presentaba el mismo aspecto de siempre. Alta, alargada, sabia y silenciosa.

Oímos pasos bajando las escaleras. -Ya voy, ya voy, ¡un momento!- Se oía  tras la puerta. De repente ésta se abrió. La abuelita Matilde nos recibió muy sonriente. -Qué alegría. No os esperaba tan pronto-

-Nos hemos levantado muy temprano abuelita. No teníamos más sueño- contestó Miguel Ángel.
-¡Qué guapos y qué altos estáis!. Pero, pasad, no os quedéis en la puerta que os vais a asfixiar. Vamos a la cocina que os dé algo de comer-.

Mis hermanos y yo subimos rápidamente las escaleras haciendo acrobacias para no tropezar y caernos. Mis padres y mi abuela se quedaron rezagados con las maletas.
Nos separamos y recorrimos  la casa para ver si todo seguía igual. Nada más entrar, sin puertas,  se encontraba el gran salón con una mesa de nogal muy larga y las sillas a juego. La lámpara de araña permanecía suspendida en el techo controlándolo todo. Me imaginaba cenas de antaño en ese lugar con gente muy sofisticada. Para ir a cualquier otra estancia de la casa, había que pasar por ese salón obligatoriamente. A la derecha se encontraba la cocina de azulejos verdes y muebles de madera blancos. Al fondo había una despensa donde, mis abuelos dejaban ahí madurar los plátanos y olía siempre de rechupete. Dentro de la cocina, se encontraba una puerta, la cual te daba dos caminos a elegir. Uno era  un estrecho pero largo corredor con las paredes no muy altas de cal blanca, como un laberinto el cual desembocaba en una terraza lavadero/tendedero. Mi abuela tenía allí una casita verde de madera con ventanales grandes, donde se encontraba la lavadora y otros enseres. A nosotros nos encantaba esa casita. La llamábamos la casita de Grettel. El otro camino te llevaba a un aseo muy pequeño, el cual nos aterraba porque siempre de sus techos colgaban arañas tigre y a unas escaleras para salir ala calle por la puerta de atrás. Justo donde estaban los gallineros y huertos.

Al fondo a la derecha del salón, se encontraba la habitación de los abuelos en color rojizo con balcones y el cuarto de baño grande a juego con la cocina, de blanco y verde.

Al fondo, a la izquierda del salón, la sala de estar con la televisión y dentro de ese cuarto pasabas a otro dormitorio. El cuarto de estar tenía una televisión grande, un  mueble bar imitando una chimenea, una mesa camilla  dos mecedoras y varias sillas. Cada vez que venía alguna visita y se sentaba en el filo de aquellas mecedoras, éstas se volteaban hacia delante, terminando el visitante en el suelo con la mecedora encima de la cabeza. Mi abuela pedía perdón y se achantaba no sin antes haber soltado una buena carcajada.

Nada más entrar a la casa, a la izquierda del salón, se encontraba el cuarto del tío Pedro. La habitación estaba siempre en penumbras y había muchísimos libros de cuando mi papá era pequeño. Casi no me acuerdo del tío Pedro. Murió siendo yo muy pequeña aunque, sí que recuerdo a mi abuela llorar cada día. Era un lugar sagrado. Apenas se nos dejaba entrar allí. Al fondo del cuarto había una puerta. Intenté abrirla pero, estaba cerrada con llave. -¿Qué habría allí? me pregunté. En un instante pegué un respingo - ¡Amparo, ven a la mesa, te estamos esperando!- Gritaron. Tenía que buscar esa llave y abrir esa puerta. Esa sería mi objetivo para ese verano. Mientras iba hacia la cocina tropecé con mi abuelo Blas. -Hola pequeñita ¿dónde estabas?. Vamos a la cocina o no nos dejarán nada de comer- Me comentó muy bajito al oído. Al estar a su lado, cerraba los ojos y podía oler en su ropa el olor a tabaco del estanco. Era un olor muy peculiar que me gustaba. -¡Ya vamos! ¡No os lo comáis todo!- respondí.




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