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lunes, 29 de agosto de 2011
El Ejido
Da igual dónde me acueste. Siempre despierto en el mismo lugar: El Ejido de San Mittre, situado al sur de la ciudad de Plassans.
Un cuadrilátero abandonado que antiguamente había sido un cementerio.Aunque la tierra de ese lugar rebosaba cadáveres desde hacía más de un siglo, la primavera cada año aportaba más vida, desbordándose de hierba, flores y frutos aquel siniestro lugar.
Estoy despierta pero mi cuerpo aún no me deja levantarme. A la derecha del Ejido se encuentra una callejuela sin salida con casuchas de los más variopintas. Escucho voces y risas de niños harapientos acercándose cada vez más.
-Buhhhhhhh- les digo. Ellos pegan un grito volviendo a sus casas como alma que lleva el demonio.Todos menos uno que me mira fijamente con una sonrisa de oreja a oreja. Lleva una mochila marrón medio roída, la abre y me da un pedazo de pan y queso.
-Te he traído tu desayuno. Espera que ahora vengo- me dice muy alegre mientras me sacudo las ropas y me siento en el suelo.
El muchacho trepa por los perales retorcidos y agarra los frutos más grandes.
-Muchas gracias pequeño camarada. ¿Qué vamos a hacer hoy?- pregunto.
-Escalaremos el muro e iremos a la búsqueda y captura de gusanos de seda- Responde muy contento.
Parte de El ejido de San Mitrre se encuentra amurallado por piedra recubierta de musgo, por encima de la cual se pueden divisar las grandes moreras de la gran finca Jas-Meiffren.
-Cuando yo sea grande tendré tanto dinero que podré comprar esa finca- me decía el chiquillo abriendo mucho los ojos.
Han pasado 40 años de aquello. El ejido ya no es un cementerio ni un jardín con hierbas, flores y frutos. Ahora es un depósito de maderas.
Los chiquillos de las casuchas de la callejuela siguen viniendo pero su distracción es diferente a la de antaño. Ya no se suben a los perales ni a las moreras de Jas-Meiffren. Ahora sólo juegan con gruesos tablones a ver quién salta más lejos y a hacer malabarismos.
Campamentos de gitanos se han aposentado como hice yo años atrás. Encienden sus hogueras calentando el puchero e inundan de cantos y alegría el lugar.
Nadie piensa en los muertos que aquí yacieron ni en los perales de frutos enormes pero, aunque todo parece diferente, conserva la misma esencia.
Mi pequeño camarada marchó a tierras lejanas hace ya años buscando fortuna. Sé que no le fue mal y me alegro por ello.
En cuanto a mi, apenas veo y me falta músculo para mantenerme erguida. El paso de los años no pasa en balde, es ley de vida.
Me siento en un banco de piedra y escucho a los muchachos jugar. De repente una sombra se sienta a mi lado,me ofrece pan y queso y se marcha corriendo. Sonrío llena de recuerdos.
El viento comienza a agitarse con fuerza
-No tardará en llegar el otoño. Otra estación más mi querido Ejido- comento en voz alta.
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