Regreso al pueblo
No había
sonado aún el despertador pero, mis hermanos y yo ya estábamos
despiertos. Cada uno en su cama, jugábamos a ver quién ponía la cara más fea.
Al sentir los pasos de mi padre, nos escondíamos bajo las sábanas haciéndonos
los dormidos entre risas de nerviosismo.
-Arriba niños, no os hagáis los remolones que
nos queda mucho camino por delante-. Nos decía.
Saltábamos de la cama y corríamos como alma
que lleva el demonio por ver quién llegaba antes al baño. Ana y yo nos poníamos
las chanclas y los pantalones rockys con camiseta a juego de color rojo
brillante. Miguel Ángel vestía el mismo atuendo pero en color azul. Nos
echábamos litros y litros de colonia entre juegos.
-Papá, Mamá. Ya estamos listos.- Gritábamos a
pleno pulmón.
Llegábamos al coche. Nos hacían gracia las
caras de sufrimiento que ponían mis padres para que las maletas entrasen en el
maletero. Ninguno quería
sentarse en el medio así que, cada
cierto tiempo nos cambiábamos de sitio.
-Un, dos, tres. Allá vamos capitán-. Gritábamos
al ponerse el coche en marcha.
El viaje se nos hacía largo y pesado. Yo llevaba mi pizarra mágica sketch, Miguel Ángel su Mazinger Z y
Ana muñecos de pin y pon con accesorios. De vez en cuando nos los
intercambiábamos. El calor de agosto comenzaba a apretar.
Bajábamos los cristales con una manivela que
estaba bastante dura y sacábamos la cabeza. Poco a poco el paisaje cambiaba. Ya
no había edificios. Todo era campo.
-Papá, más despacio, que tengo ganas de
vomitar-. Decía mientras subíamos el puerto de la Sierra de Aracena.
Atravesábamos pueblos blancos, llenos de luz
con miles de macetas de geranios en los balcones. La gente del lugar alzaba la
mano sonriendo mientras pasábamos. El olor a pino y eucalipto era intenso.
-Mirad allí niños- comentó mi padre señalando
con el dedo.- ya estamos donde el castillo de la bruja Pirulina-
El castillo estaba situado en lo alto de un
monte, medio en ruinas. Nosotros lo mirábamos con cara de asombro y entusiasmo.
-Papá, ¿Podremos pasar por la mina antes de
llegar a casa de los abuelos? Preguntó mi hermano.
- Eso está hecho.- Respondió mi padre.
Atravesamos un cartel donde ponía: “Riotinto”
y comenzamos todos a aplaudir muy contentos.
El paisaje de la Mina era único y
extraordinario. No sólo formado por los gigantescos cráteres, sino toda la
naturaleza existente alrededor predominando el color rojizo. El lugar
transmitía tranquilidad e inquietaba a la vez.
Dejamos el coche en el descampado, justo antes
de llegar a de Peña de Hierro y
Llegamos a un mirador. Paseamos por la orilla del río, de un color rojo
profundo con algas de un amarillo intenso en la orilla.
Encantados por tanta belleza volvimos al
coche. Atravesamos la zona de “El
Alto de la Mesa” donde mi abuelo tenía el estanco. El barrio “Bella Vista”, conocido
como “Barrio Inglés”, constituido por viviendas de estilo victoriano
construidas a finales del siglo XIX, según decía mi padre. También “El Valle”,
que era el pueblo, propiamente dicho.
Mis abuelos vivían en el Barrio de “Vista
Alegre”. Se componía de 15 casas adosadas cercadas por un muro de piedra.
Enfrente de cada casa había un pequeño jardín. Mis abuelos lo tenían repleto de
rosales y jazmines. Otros vecinos tenían naranjos, limoneros, geranios,
lavanda, romero… El olor era intenso y nos llevaba a un mundo mágico. Por la
parte de atrás había gallineros, repletos de gallos y gallinas cacareando y huertos con diferentes tipos de
hortalizas.
A
unos cien metro bajando de “Vista Alegre” hacia “El Valle”, se encontraba la
vieja estación de tren, ya inhabilitada, con los raíles de hierro y madera
desgastados. Toda la urbanización
estaba rodeada de campo con muchísimos eucaliptos. Bajamos del coche y mis
padres empezaron a sacar las maletas. El suelo, repleto de hojas secas y
virutas amarillas, crujía al compás de nuestros pasos. El sonido de los grillos
se convertía en algo natural a nuestro oído.
-Amparo, ¿qué es ese polvo amarillo que está
en el suelo? Me preguntó Ana.
-Son polvos mágicos- Le respondí con los ojos
muy abiertos mientras cogía dos buenos puñados.
-Ana, si cierras los ojos y piensas en un
deseo, se te cumplirá. Avísame cuando lo hayas pensado- dije.
Ana, de pie, rodeada de eucaliptos, con los
brazos muy estirados hacia abajo y los puños cerrados, apretaba fuertemente los
ojos.
-Ya, Amparo, ya- me contestó.
Yo, ni corta ni perezosa, comencé a echarle
lentamente aquellos polvos por la cabeza danzando alrededor suyo mientras
gritaba a viva voz: - Bruja Pirulina, haz que todos los deseos de mi hermana se
cumplan-
Ana, sonreía muy contenta sin abrir los ojos
aún.
-Venga niñas- gritaban nuestros padres mientas
sujetaban la puerta de la cancela. Ana y yo nos miramos, sonreímos y corrimos
hacia ellos.