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miércoles, 20 de julio de 2011

RECUERDOS CON ELLA DE TI


Aquí estamos, solas tú y yo. Sentadas frente a frente. Mirándonos sin saber qué decir ni por dónde empezar.
Mi alma se queja, grita enloquecida mas, nadie puede oírlo. Siento miedo, nostalgia y ansiedad. Sólo tú sabes lo que me ocurre porque te sientes igual además de perdida, sin saber dónde aposentarte.

Te toco y estás fría. Sí, ya sé que estás hecha de metal pero, ¡Cómo ardías a veces!
Tu color marrón con reflejos dorados se ha ido deteriorando con el paso de los años aunque, sigues siendo hermosa. Ya no tienes el reflejo constante de aquellos ojos azules tan brillantes y expresivos pero, no importa. Aún conservas restos de su piel y te quiero por ello.

Para mí eres como un tesoro. Eres única y llevas en tu ser un recuerdo indestructible.
No te apures, yo te pondré a buen recaudo de posibles caídas. Eres tan dura y tan frágil al mismo tiempo…

Te colocaré  en la cómoda del salón, apoyada sobre la máquina de escribir del abuelo Eduardo. Así, cada vez que pase por allí, te veré y me recordarás a él igual que me ocurre con el abuelo.

¡Cuántas tardes te usó para ver la televisión y leer el periódico! Algunas veces, cuando algo le llamaba realmente la atención, miraba por encima de tus cristales con los ojos muy abiertos, ensimismado, como si todo el mundo de su alrededor desapareciera durante unos minutos.

Y qué decir cuando te extraviabas. Era como si el mundo se fuera a acabar de un momento a otro. Nos ponía a todos en movimiento, muy sulfurado para que le ayudásemos a encontrarte. Tú aparecías en los sitios más insospechados y nuestras vidas volvían de nuevo a la calma.

Cómo no te voy a querer si, junto con mi madre, fuiste su querida compañera.
Nada más levantarse de la cama te cogía con cariño y te colocaba sobre sus mejillas hasta bien entrada la noche.

El aire azota la cortina del salón  y pequeños rayos de sol tímidamente, sin querer molestar, reflejan nuestras sombras en la pared. Parecemos gigantes rebosantes de energía, tan grandes y fuertes…

No estés triste, ven, acurrúcate en mi regazo. Yo te daré el calor que tanto ansías.
Ahora, descansa pequeña. Mañana será otro día.






lunes, 18 de julio de 2011

LA NIÑA

La niña se cepilla el pelo sentada en su tocador.
Intenta mirarse al espejo mas, no tiene rostro, no tiene cuerpo.
Únicamente se refleja un alma marchita, sin vida, sin sueños...
La niña llora en silencio mientras se cepilla el pelo.
Cada vez más canoso, cada vez más desierto.
La niña suspira mirando el techo dejando pasar las horas,
deseando que pase el tiempo.
La niña no tiene vida, la niña no tiene cuerpo.
Tan solo pide al espejo poder vivir de recuerdos.







domingo, 17 de julio de 2011

HOY RECORDAMOS

NIZA

REGRESO AL PUEBLO II


Ahí estábamos los cinco esperando, muertos de hambre y calor. La vieja puerta marrón presentaba el mismo aspecto de siempre. Alta, alargada, sabia y silenciosa.

Oímos pasos bajando las escaleras. -Ya voy, ya voy, ¡un momento!- Se oía  tras la puerta. De repente ésta se abrió. La abuelita Matilde nos recibió muy sonriente. -Qué alegría. No os esperaba tan pronto-

-Nos hemos levantado muy temprano abuelita. No teníamos más sueño- contestó Miguel Ángel.
-¡Qué guapos y qué altos estáis!. Pero, pasad, no os quedéis en la puerta que os vais a asfixiar. Vamos a la cocina que os dé algo de comer-.

Mis hermanos y yo subimos rápidamente las escaleras haciendo acrobacias para no tropezar y caernos. Mis padres y mi abuela se quedaron rezagados con las maletas.
Nos separamos y recorrimos  la casa para ver si todo seguía igual. Nada más entrar, sin puertas,  se encontraba el gran salón con una mesa de nogal muy larga y las sillas a juego. La lámpara de araña permanecía suspendida en el techo controlándolo todo. Me imaginaba cenas de antaño en ese lugar con gente muy sofisticada. Para ir a cualquier otra estancia de la casa, había que pasar por ese salón obligatoriamente. A la derecha se encontraba la cocina de azulejos verdes y muebles de madera blancos. Al fondo había una despensa donde, mis abuelos dejaban ahí madurar los plátanos y olía siempre de rechupete. Dentro de la cocina, se encontraba una puerta, la cual te daba dos caminos a elegir. Uno era  un estrecho pero largo corredor con las paredes no muy altas de cal blanca, como un laberinto el cual desembocaba en una terraza lavadero/tendedero. Mi abuela tenía allí una casita verde de madera con ventanales grandes, donde se encontraba la lavadora y otros enseres. A nosotros nos encantaba esa casita. La llamábamos la casita de Grettel. El otro camino te llevaba a un aseo muy pequeño, el cual nos aterraba porque siempre de sus techos colgaban arañas tigre y a unas escaleras para salir ala calle por la puerta de atrás. Justo donde estaban los gallineros y huertos.

Al fondo a la derecha del salón, se encontraba la habitación de los abuelos en color rojizo con balcones y el cuarto de baño grande a juego con la cocina, de blanco y verde.

Al fondo, a la izquierda del salón, la sala de estar con la televisión y dentro de ese cuarto pasabas a otro dormitorio. El cuarto de estar tenía una televisión grande, un  mueble bar imitando una chimenea, una mesa camilla  dos mecedoras y varias sillas. Cada vez que venía alguna visita y se sentaba en el filo de aquellas mecedoras, éstas se volteaban hacia delante, terminando el visitante en el suelo con la mecedora encima de la cabeza. Mi abuela pedía perdón y se achantaba no sin antes haber soltado una buena carcajada.

Nada más entrar a la casa, a la izquierda del salón, se encontraba el cuarto del tío Pedro. La habitación estaba siempre en penumbras y había muchísimos libros de cuando mi papá era pequeño. Casi no me acuerdo del tío Pedro. Murió siendo yo muy pequeña aunque, sí que recuerdo a mi abuela llorar cada día. Era un lugar sagrado. Apenas se nos dejaba entrar allí. Al fondo del cuarto había una puerta. Intenté abrirla pero, estaba cerrada con llave. -¿Qué habría allí? me pregunté. En un instante pegué un respingo - ¡Amparo, ven a la mesa, te estamos esperando!- Gritaron. Tenía que buscar esa llave y abrir esa puerta. Esa sería mi objetivo para ese verano. Mientras iba hacia la cocina tropecé con mi abuelo Blas. -Hola pequeñita ¿dónde estabas?. Vamos a la cocina o no nos dejarán nada de comer- Me comentó muy bajito al oído. Al estar a su lado, cerraba los ojos y podía oler en su ropa el olor a tabaco del estanco. Era un olor muy peculiar que me gustaba. -¡Ya vamos! ¡No os lo comáis todo!- respondí.




sábado, 16 de julio de 2011

DIARIO


Regreso al pueblo


No había  sonado aún el despertador pero, mis hermanos y yo ya estábamos despiertos. Cada uno en su cama, jugábamos a ver quién ponía la cara más fea. Al sentir los pasos de mi padre, nos escondíamos bajo las sábanas haciéndonos los dormidos entre risas de nerviosismo.
-Arriba niños, no os hagáis los remolones que nos queda mucho camino por delante-. Nos decía.
Saltábamos de la cama y corríamos como alma que lleva el demonio por ver quién llegaba antes al baño. Ana y yo nos poníamos las chanclas y los pantalones rockys con camiseta a juego de color rojo brillante. Miguel Ángel vestía el mismo atuendo pero en color azul. Nos echábamos litros y litros de colonia entre juegos.
-Papá, Mamá. Ya estamos listos.- Gritábamos a pleno pulmón.
Llegábamos al coche. Nos hacían gracia las caras de sufrimiento que ponían mis padres para que las maletas entrasen en el maletero. Ninguno  quería sentarse  en el medio así que, cada cierto tiempo nos cambiábamos de sitio.
-Un, dos, tres. Allá vamos capitán-. Gritábamos al ponerse el coche en marcha.
El viaje se nos hacía largo y pesado.  Yo llevaba mi pizarra mágica  sketch, Miguel Ángel su Mazinger Z y Ana muñecos de pin y pon con accesorios. De vez en cuando nos los intercambiábamos. El calor de agosto comenzaba a apretar.
Bajábamos los cristales con una manivela que estaba bastante dura y sacábamos la cabeza. Poco a poco el paisaje cambiaba. Ya no había edificios. Todo era campo.
-Papá, más despacio, que tengo ganas de vomitar-. Decía mientras subíamos el puerto de la Sierra de Aracena.
Atravesábamos pueblos blancos, llenos de luz con miles de macetas de geranios en los balcones. La gente del lugar alzaba la mano sonriendo mientras pasábamos. El olor a pino y eucalipto era intenso.
-Mirad allí niños- comentó mi padre señalando con el dedo.- ya estamos donde el castillo de la bruja Pirulina-
El castillo estaba situado en lo alto de un monte, medio en ruinas. Nosotros lo mirábamos con cara de asombro y entusiasmo.
-Papá, ¿Podremos pasar por la mina antes de llegar a casa de los abuelos? Preguntó mi hermano.
- Eso está hecho.- Respondió mi padre.
Atravesamos un cartel donde ponía: “Riotinto” y comenzamos todos a aplaudir muy contentos.
El paisaje de la Mina era único y extraordinario. No sólo formado por los gigantescos cráteres, sino toda la naturaleza existente alrededor predominando el color rojizo. El lugar transmitía tranquilidad e inquietaba a la vez.
Dejamos el coche en el descampado, justo antes de llegar a  de Peña de Hierro y Llegamos a un mirador. Paseamos por la orilla del río, de un color rojo profundo con algas de un amarillo intenso en la orilla.
Encantados por tanta belleza volvimos al coche. Atravesamos la zona de  “El Alto de la Mesa” donde mi abuelo tenía el estanco. El barrio “Bella Vista”, conocido como “Barrio Inglés”, constituido por viviendas de estilo victoriano construidas a finales del siglo XIX, según decía mi padre. También “El Valle”, que era el pueblo, propiamente dicho.
Mis abuelos vivían en el Barrio de “Vista Alegre”. Se componía de 15 casas adosadas cercadas por un muro de piedra. Enfrente de cada casa había un pequeño jardín. Mis abuelos lo tenían repleto de rosales y jazmines. Otros vecinos tenían naranjos, limoneros, geranios, lavanda, romero… El olor era intenso y nos llevaba a un mundo mágico. Por la parte de atrás había gallineros, repletos de gallos y gallinas cacareando  y huertos con diferentes tipos de hortalizas.
 A unos cien metro bajando de “Vista Alegre” hacia “El Valle”, se encontraba la vieja estación de tren, ya inhabilitada, con los raíles de hierro y madera desgastados.  Toda la urbanización estaba rodeada de campo con muchísimos eucaliptos. Bajamos del coche y mis padres empezaron a sacar las maletas. El suelo, repleto de hojas secas y virutas amarillas, crujía al compás de nuestros pasos. El sonido de los grillos se convertía en algo natural a nuestro oído.
-Amparo, ¿qué es ese polvo amarillo que está en el suelo? Me preguntó Ana.
-Son polvos mágicos- Le respondí con los ojos muy abiertos mientras cogía dos buenos puñados.
-Ana, si cierras los ojos y piensas en un deseo, se te cumplirá. Avísame cuando lo hayas pensado- dije.
Ana, de pie, rodeada de eucaliptos, con los brazos muy estirados hacia abajo y los puños cerrados, apretaba fuertemente los ojos.
-Ya, Amparo, ya- me contestó.
Yo, ni corta ni perezosa, comencé a echarle lentamente aquellos polvos por la cabeza danzando alrededor suyo mientras gritaba a viva voz: - Bruja Pirulina, haz que todos los deseos de mi hermana se cumplan-
Ana, sonreía muy contenta sin abrir los ojos aún.
-Venga niñas- gritaban nuestros padres mientas sujetaban la puerta de la cancela. Ana y yo nos miramos, sonreímos y corrimos hacia ellos.



jueves, 14 de julio de 2011

DIARIO

Queridos amig@s, Os pido perdón por este tiempo de ausencia y silencio. He tenido que dirigir mis energías a "zancadillas" que nos da la vida. Aunque el mar ha vuelto a la calma, ahora más que nunca os necesito porque, aunque sabéis que soy fuerte, de repente mi interior se rebela contra mi razón intentando ahogarme y cada vez me cuesta más salir a flote. Muchas gracias por estar ahí. Os quiero