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sábado, 16 de julio de 2011

DIARIO


Regreso al pueblo


No había  sonado aún el despertador pero, mis hermanos y yo ya estábamos despiertos. Cada uno en su cama, jugábamos a ver quién ponía la cara más fea. Al sentir los pasos de mi padre, nos escondíamos bajo las sábanas haciéndonos los dormidos entre risas de nerviosismo.
-Arriba niños, no os hagáis los remolones que nos queda mucho camino por delante-. Nos decía.
Saltábamos de la cama y corríamos como alma que lleva el demonio por ver quién llegaba antes al baño. Ana y yo nos poníamos las chanclas y los pantalones rockys con camiseta a juego de color rojo brillante. Miguel Ángel vestía el mismo atuendo pero en color azul. Nos echábamos litros y litros de colonia entre juegos.
-Papá, Mamá. Ya estamos listos.- Gritábamos a pleno pulmón.
Llegábamos al coche. Nos hacían gracia las caras de sufrimiento que ponían mis padres para que las maletas entrasen en el maletero. Ninguno  quería sentarse  en el medio así que, cada cierto tiempo nos cambiábamos de sitio.
-Un, dos, tres. Allá vamos capitán-. Gritábamos al ponerse el coche en marcha.
El viaje se nos hacía largo y pesado.  Yo llevaba mi pizarra mágica  sketch, Miguel Ángel su Mazinger Z y Ana muñecos de pin y pon con accesorios. De vez en cuando nos los intercambiábamos. El calor de agosto comenzaba a apretar.
Bajábamos los cristales con una manivela que estaba bastante dura y sacábamos la cabeza. Poco a poco el paisaje cambiaba. Ya no había edificios. Todo era campo.
-Papá, más despacio, que tengo ganas de vomitar-. Decía mientras subíamos el puerto de la Sierra de Aracena.
Atravesábamos pueblos blancos, llenos de luz con miles de macetas de geranios en los balcones. La gente del lugar alzaba la mano sonriendo mientras pasábamos. El olor a pino y eucalipto era intenso.
-Mirad allí niños- comentó mi padre señalando con el dedo.- ya estamos donde el castillo de la bruja Pirulina-
El castillo estaba situado en lo alto de un monte, medio en ruinas. Nosotros lo mirábamos con cara de asombro y entusiasmo.
-Papá, ¿Podremos pasar por la mina antes de llegar a casa de los abuelos? Preguntó mi hermano.
- Eso está hecho.- Respondió mi padre.
Atravesamos un cartel donde ponía: “Riotinto” y comenzamos todos a aplaudir muy contentos.
El paisaje de la Mina era único y extraordinario. No sólo formado por los gigantescos cráteres, sino toda la naturaleza existente alrededor predominando el color rojizo. El lugar transmitía tranquilidad e inquietaba a la vez.
Dejamos el coche en el descampado, justo antes de llegar a  de Peña de Hierro y Llegamos a un mirador. Paseamos por la orilla del río, de un color rojo profundo con algas de un amarillo intenso en la orilla.
Encantados por tanta belleza volvimos al coche. Atravesamos la zona de  “El Alto de la Mesa” donde mi abuelo tenía el estanco. El barrio “Bella Vista”, conocido como “Barrio Inglés”, constituido por viviendas de estilo victoriano construidas a finales del siglo XIX, según decía mi padre. También “El Valle”, que era el pueblo, propiamente dicho.
Mis abuelos vivían en el Barrio de “Vista Alegre”. Se componía de 15 casas adosadas cercadas por un muro de piedra. Enfrente de cada casa había un pequeño jardín. Mis abuelos lo tenían repleto de rosales y jazmines. Otros vecinos tenían naranjos, limoneros, geranios, lavanda, romero… El olor era intenso y nos llevaba a un mundo mágico. Por la parte de atrás había gallineros, repletos de gallos y gallinas cacareando  y huertos con diferentes tipos de hortalizas.
 A unos cien metro bajando de “Vista Alegre” hacia “El Valle”, se encontraba la vieja estación de tren, ya inhabilitada, con los raíles de hierro y madera desgastados.  Toda la urbanización estaba rodeada de campo con muchísimos eucaliptos. Bajamos del coche y mis padres empezaron a sacar las maletas. El suelo, repleto de hojas secas y virutas amarillas, crujía al compás de nuestros pasos. El sonido de los grillos se convertía en algo natural a nuestro oído.
-Amparo, ¿qué es ese polvo amarillo que está en el suelo? Me preguntó Ana.
-Son polvos mágicos- Le respondí con los ojos muy abiertos mientras cogía dos buenos puñados.
-Ana, si cierras los ojos y piensas en un deseo, se te cumplirá. Avísame cuando lo hayas pensado- dije.
Ana, de pie, rodeada de eucaliptos, con los brazos muy estirados hacia abajo y los puños cerrados, apretaba fuertemente los ojos.
-Ya, Amparo, ya- me contestó.
Yo, ni corta ni perezosa, comencé a echarle lentamente aquellos polvos por la cabeza danzando alrededor suyo mientras gritaba a viva voz: - Bruja Pirulina, haz que todos los deseos de mi hermana se cumplan-
Ana, sonreía muy contenta sin abrir los ojos aún.
-Venga niñas- gritaban nuestros padres mientas sujetaban la puerta de la cancela. Ana y yo nos miramos, sonreímos y corrimos hacia ellos.



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