El niño limón está triste. Su acidez es tan grande
que nadie quiere jugar con él. Lleno de rabia, se maldice una y otra vez por
ser como es mientras da patadas a una pared . - ¿Por qué yo? ¿Por qué no puedo
ser como los demás?-. Se dice asimismo desconsolado. Agotado, se sienta en un
rincón y mira hacia el suelo. Su expresión denota melancolía. Siempre está
solo. Es un día hermoso de primavera. Las flores se alzan radiantes intentando
llegar al sol. Los pájaros juegan y cantan mientras bajan en busca de alimento
pero, lástima, él no puede verlo. Daría cualquier cosa por endulzarlo un poco y
sacarle una sonrisa de esperanza. Le miro detenidamente. ¡Es tan hermoso!.
¿Cómo no se da cuenta?. Él
continúa cegado en sus propios pensamientos. Levanta la vista mientras un par
de lágrimas caen al suelo deslizándose lentamente, sin parar…como si de una
competición se tratase hasta mezclarse con el agua de la fuente. No puedo
soportar más su sufrimiento. Me acerco a él ofreciéndole mi mano. Él la agarra
fuertemente y salimos del jardín. Me mira desconfiado sin comprender.
Únicamente le guiño un ojo y seguimos calle abajo, más abajo, más abajo. Se
siente cansado pero, nos estamos acercando; falta muy poco. Al final del
horizonte divisamos la niebla. Con mucho respeto nos adentramos en ella. La
sentimos espesa, fría y húmeda. Nos envuelve lentamente mientras nuestros ojos
se van cegando pero, a pesar de ello, seguimos avanzando. De repente,
conseguimos divisar algo de luz, sólo un reflejo, un recuerdo a mitad de camino
entre la vigilia y el sueño, pero con eso nos basta para llenarnos de esperanza
e ilusión. Le aprieto fuerte la mano y sonrío. Ya falta tan poco…
El cielo está despejado. Todo es diferente una vez
atravesada la niebla. Los montes redondos y azules comienzan a acunar a los
tres soles después de una larga jornada de trabajo. El cielo es de un color
esmeralda con pinceladas de ámbar. Las flores, de mil colores desprenden su
rico aroma por el camino. Es todo tan hermoso… Bajando la montaña llegamos al
pueblo y empezamos a callejear.
El niño me mira asombrado. Niños limones por todos
lados, jugando, corriendo, chillando. Se frota los ojos. Le cuesta creerlo. Me
mira, sonríe y corre hacia ellos. No puedo seguir sus pasos. Demasiados años sobre
mis hombros… Nunca más se sentirá raro. Nunca más se encontrará solo. Me mira a los lejos riendo. Su alma
rebosa felicidad. Yo, le miro detenidamente. ¡Es tan hermoso!. ¿Cómo no se dio
cuenta?.
Besos,
Ampi
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